Miro por la ventana de mi apartamento amueblado ingenuamente por alguna mujer inglesa a la que nunca he visto, mientras cuelgo y descuelgo y marco y de nuevo cuelgo, miro la noche perezosa de Londres a través de la Square o plaza que se va despoblando de los seres activos y de los decididos pasos para que la vayan tomando un rato —un interregno— los inactivos con su paso errático que los conduce ahora hasta las papeleras y cubos en los que hunden sus cenicientos brazos rebuscando tesoros invisibles para nosotros o el fortuito salario de su jornada sobrevivida, cuando aún no es noche cerrada pero desde luego tampoco es día, o cuando todavía es hoy para los que regresan a casa o se visten de farra para abandonarla, pero ya es ayer para quienes van y vienen sin orientarse nunca. Alzo la vista para buscar y seguir mirando el mundo orientado y vivo al que me figuro que aún pertenezco, que se va guareciendo de la ceniza crepuscular del aire en sus interiores iluminados, para alejarme y no asimilarme al desorientado mundo de esos fantasmas que se sumergen hasta confundirse con los desperdicios; alzo la vista por encima del tráfico que ya se apacigua y de los mendigos sombra y de los rezagados —cinco o seis pisadas a la carrera y el salto al autobús de dos pisos sin puertas que casi arranca, los tacones de las mujeres rascan, corren serio peligro—; miro por encima y a través de los árboles y de la estatua hasta el otro extremo, donde están el elegante hotel y las oficinas enormes y las habitadas casas que albergan familias o no siempre familias, o siempre lo que yo era y a veces sí lo que soy ahora —‘Seré más el que soy: seré más yo ahora’, me digo; ‘I’ll be more myself’, cito para mis adentros: al estar y ser yo solo—; veo en ocasiones a quienes son mis iguales en un aspecto, personas que no viven con nadie y reciben a lo sumo visitas, y puede que se quede alguna a pasar una noche con ellas, como también sucede en mi apartamento, si es que en mí se repara desde algún observatorio.
Bueno, a mí no me parece que haya tanta diferencia entre traducir y escribir. Evidentemente hay un grado de libertad menor en la traducción, pero hay siempre una cierta libertad; y lo que es el trabajo definitivo, el trabajo sobre la prosa que va a producir el resultado final, para mí es el mismo. Esto es algo de lo que soy plenamente consciente desde no hace mucho: la seguridad que tiene un traductor –tiene muchas inseguridades, pero tiene sobre todo una– es la de contar con un texto original que no tiene que inventar, al cual ha de intentar ceñirse lo más posible. Al escritor, en cambio, le puede fallar su propia invención; puede encontrarse muy desorientado, tener que hacer una pausa y esperar unos días. La del traductor es una tarea que se puede comparar con la del intérprete musical: tiene muchas dificultades a la hora de interpretar una pieza, pero siempre tiene la partitura, sabe que la partitura no va a desaparecer. Así que me he dado cuenta de una cosa que me ayuda al escribir. Dado que yo soy un autor que no tiene un trazado de las novelas antes de empezar, sino que las averigua a medida que las hace, tener un primer borrador de una página, aunque sea escrito de cualquier manera, funciona como el texto original en las traducciones. Si uno tiene un primer borrador, por malo que sea, a partir de allí se trata de trabajarlo, de pulirlo, de una manera muy similar a la traducción. Uno tiene una especie de apoyatura. Cuanto más trabaja uno sobre ese falso original, más se va acostumbrando a eso que es nuevo. Yo necesito, con cada página que escribo, tomarme el tiempo de asumirla, de acostumbrarme a ella, de aprobarla. La voy aprobando poco a poco hasta que digo: “Ya no lo sé hacer mejor”.
El sonido se interrumpió y, de repente, tuvo miedo. Quería interrogarse, con calma y determinación, si había sido el sonido del viento, el rumor del mar o un zumbido dentro de sus oídos. Pero había sido otra cosa, de eso estaba seguro. La montaña.
Imagine living beneath the waves with a strong-sighted blessing of most excellent fabric. Holding the fabric over your gills, you would begin to breathe-drink its warp and weft. Though the plantmatter fibers imbue your soul, the wretched plankton would pollute the cloth until it stank to heavens of prophecy. This is one manner in which the Scrolls first came to pass, but are we the sea, or the breather, or the fabric? Or are we the breath itself?
Can we flow through the Scrolls as knowledge flow through, being the water, or are we the stuck morass of sea-filth that gathers on the edge?
Imagine, again this time but different. A bird cresting the wind is lifted by a gust and downed by a stone. But the stone can come from above, if the bird is upside down.
Where, then, did the gust come from? And which direction? Did the gods send either, or has the bird decreed their presence by her own mindmaking?
The all-sight of the Scrolls makes a turning of the mind such that relative positions are absolute in their primacy.
I ask you again to imagine for me. This time you are beneath the ground, a tiny acorn planted by some well-meaning elf-maiden of the woodlands for her pleasure. You wish to grow but fear what you may become, so you push off the water, the dirt, the sun, to stay in your hole. But it is in the very pushing that you become a tree, in spite of yourself. How did that happen?
The acorn is a kind of tree-egg in this instance, and the knowledge is water and sun. We are the chicken inside the egg, but also the dirt. The knowledge from the Scrolls is what we push against to become full-sighted ourselves.
One final imagining before your mind closes from the shock of ever-knowing. You are now a flame burning bright blue within a vast emptiness. In time you see your brothers and sisters, burning of their own in the distance and along your side.
A sea of pinpoints, a constellation of memories. Each burns bright, then flickers. Then two more take its place but not forever lest the void fills with rancid light that sucks the thought.
Each of our minds is actually the emptiness, and the learnings of the Scrolls are the pinpoints. Without their stabbing light, my consciousness would be as a vast nothingness, unknowing its emptiness as a void is unknowing of itself. But the burnings are dangerous, and must be carefully tended and minded and brought to themselves and spread to their siblings.









